¿Será real tanta belleza?
Por. Richard Webb, Director del Instituto Perú de la USMP.
9/4/12 El Comercio. La bonanza económica de la familia peruana tiene dos explicaciones. La primera es el sólido éxito productivo del país, en todas sus regiones y tipos de empresa, y que es celebrado diariamente en los medios. Es entendible entonces que los hogares puedan gastar cincuenta por ciento más que hace diez años.
Pero hay una segunda explicación de esta bonanza que casi no se menciona –la inusitada revalorización de la propiedad–. En diez años, el valor de terrenos, casas, y tierras agrícolas se ha duplicado y hasta triplicado. Esos nuevos valores inmobiliarios significan un inesperado dinero en el bolsillo que iguala o excede la laboriosa ganancia conseguida en el trabajo.
La revalorización ha sido democrática. Los residentes de los barrios más adinerados han visto el valor de sus casas subir en 2,6 veces en solo cuatro años, según el BCR. Pero una encuesta realizada por el Instituto del Perú de la Universidad de San Martín de Porres en 200 distritos del “Perú profundo” descubrió que el precio de una hectárea de tierra agrícola en esos distritos empobrecidos aumentó en 2,4 veces entre el 2001 y el 2011. Y sorpresivamente, que el mejor negocio inmobiliario hubiera sido comprar una casa en la capital de un alejado distrito rural, donde en ese lapso los precios aumentaron en 3,5 veces.
Más conocido es que comprar en Comas o Manchay significa pagar diez, o veinte o treinta mil dólares por un terreno que se consiguió hace no mucho tiempo casi sin costo. Pero tanta nueva riqueza ¿será real? ¿Es sostenible el enriquecimiento a base de los precios inmobiliarios, más allá de lo que se logra a base de sudor y trabajo?
En parte, sí. Detrás de la revalorización inmobiliaria se encuentra un nuevo perfil espacial del país, hoy bastante más interconectado.
La invasión masiva de caminos y telefonía en las áreas rurales está integrando a los centros poblados antes incomunicados. Y en las áreas urbanas se están generando economías de aglomeración que elevan la productividad del país en general.
Cuando un poblador deja atrás la improductividad de su cerro solitario para vivir en el pueblo o la ciudad, contribuye a generar mercado, a la transmisión de conocimientos, acceso a servicios de educación y salud, y otras “economías externas” que benefician a la colectividad y que, a final de cuentas, constituyen el respaldo productivo del nuevo valor del terreno urbano.
No obstante, esta bonanza tiene un elemento artificial de especulación, burbuja aún pequeña, pero peligrosa si nos conduce a creer que la riqueza seguirá aumentando indefinidamente a la misma velocidad. Debemos estar atentos porque la riqueza inesperada debilita la cultura del trabajo y la ética del mérito, y nos induce a un exceso de gasto y endeudamiento.